Mamá, papá, tenían razón, estaría mejor en su casa. Reconozco con la mirada hacia piso como los soldados en el paredón, que mis decisiones han sido sin pensar en las consecuencias adversas que podrían traer. Admito que era para mí más evidente la intensidad del suave y excitante olor de una libertad adquirida, deseada y vanagloriada en exceso, que el tenue sabor de la soledad, la angustia de lo que te rodea y la incertidumbre del porvenir.
Soy plenamente conciente de que viviría mejor bajo el consuelo omnipotente de la mano parental que calma desde un dolor simple hasta una rotura profunda de corazón y que ciertamente estaría más tranquilo bajo los ojos vigilantes de aquellos que conocen tu posición no importa si acabas de cambiar de parecer sobre tu destino.
Aún ahora luego de incontables minutos de hablar conmigo mismo (extraña diversión que se adquiere sólo cuando no tienes otra opción y que la planta que compraste tiene más vida el pedazo de comida que está bajo tu cama), me pregunto qué fuera de mi si estuviera bajo la cubierta de bienestar de mis padres, de comodidad, de amor certero y verdadero, de decisiones en grupo, de acompañamiento incondicional, de sanamiento espiritual y físico sin propina, de estrictas y amorosas reglas... Con extrañeza me cuestiono qué sería de mi si mi espacio vital siguiera dependiendo de aquel respaldado, incluso delimitado, por ustedes; si las cuestiones de la vida siguieran limitadas a remedos de existencialismos propios de una generación sin decisiones; si cada día me encomendara al recorrer de los mismos vientos que empapan los caminos de las mismas personas, ¿mismos sueños? ¿Mismas ilusiones? ¿Mismas frustraciones?
Acepto, sin vacilar, que los dulces momentos de soledad se han convertido en atascados momentos de recuerdos mezclados con confusos sentimientos de (de)crecimiento emocional; que las fiestas, comidas, charlas, reuniones, tertulias y escenarios de diversión se convierten finalmente en momentos pasajeros con gente que seguramente será igual de fugaz al humo de cigarrillo que exhalo mientras escribo; y que finalmente, una decisión sensata hubiera sido seguirme cobijando con el manto protector del seno familiar sin tener la presión diaria de asomarme al extraño mundo que me golpea y asedia preguntándome-¿Qué haces aquí?, ¿A qué viniste?, ¿Qué quieres?-. Buena pregunta: ¿Qué quiero? He aquí el preciso momento de tu tan anhelada sensación de libertad dónde te deja a la deriva y te presenta su lado más oscuro: tienes el poder de decidir lo que eres, más aún tienes el poder de saber quién eres, quién crees que eres y quién posiblemente serás.
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