Confieso que me gusta tu cuerpo. Si, me gusta, aunque la verdad sea dicha, parece más una caricatura de show norteamericano que una fantasía hecha humana.
Confieso que me hace reír más tu caminar trastabillante que tus miles de intentos, fallidos por cierto, de reclamar mis sonrisas por cuenta de comentarios interligentes.
Confieso que tu visión del mundo es una de las mejores fábulas para niños que he podido escuchar. Confieso que me gusta, que me asusta y que, a final de cuentas, me convence de tu incapacidad para comprender el mundo real.
Confieso que me encantan tus besos y tus caricias, completas autoridades de placer y hermosas tendendencias al auto engaño. Reconozco que me derrito contigo, reconozco que cada vez que me tocas es un paso más cerca de un orgasmo pero más lejos de la verdad.
Confieso que tus ojos son las luces que guían mis sueños, sino más bien las piedras que irreumpen y alargan mi camino. Confieso que pocas veces has mirado lo que te ofezco; la mayoría del tiempo, ni siquiera, me has contemplado.
COnfieso que me une a ti más tu poca cordura que tu placer; que tus incoherencias son más hermosas que delicadas, pues de su ingenuidad deriva su más grande tentación y peligro.
Confieso que me entristecen tus tristezas, pero me agobian tus miedos. Reconozco que siento más repudio de mi misma al intentar comprenderte.
Confieso que no quiero perderte, más reconozco que no quiero perderme.
Sutil juego la palabra que se escabulle entre la ironia, la desepción de si mismo, la descripción visceral de lo que muchas veces significa un sentimiento
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